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domingo, 4 de diciembre de 2011

socorro

Me siento una fugitiva en una caverna oscura y fría, como el filo de un cuchillo apretando la piel de mi cuello, cortando mi respiración, fuerte y asustada.
Me siento desnuda en aquel lugar inhóspito, a pesar de que me encuentro en mi habitación, normalmente cómoda y confortable, con la luz encendida, la calefacción posiblemente en un alto nivel y con una gruesa bata de flores, oscura y de guiño infantil.
Me encuentro perdida, sin fuerzas, como presa de una enfermedad paralizadora que lentamente me ha consumido y se acerca a su recta final. Los ojos me escuecen de las lágrimas, que no continuarán saliendo, porque se han percatado de que, lejos de ser una tortura, son un alivio a mi agobio inexplicable. A pesar de que prácticamente solo lloro de rabia, creo percibir que esta vez son de soledad. Una soledad inexistente, pues me encuentro rodeada de familia. 
Mi cuerpo es una prisión. Dentro se encuentra mi alma, la única parte verdadera de mi ser. Y hasta ella parece no haber llegado nadie, por eso no escuchan los alaridos que suelto, tan solo perceptibles en la noche, en mis sueños, reflejo de mi gran terror.
Nadie me comprende. Soy una desconocida para muchos, pero también para mí. Del subjetivismo en el que me encuentro no podré escapar jamás.
Mañana, aprovechando mis ahorros del mes, huiré a Barcelona. Una vez allí, recorreré cada rincón de aquella enorme ciudad, hasta llegar a aquel lugar que me espera, paciente, donde ocultarme del resto de la realidad en la que me veo sometida. Todo será mucho más fácil una vez que llegue, tal vez allí me encuentre realmente a mi misma. En el cementerio de los libros olvidados.

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