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lunes, 30 de enero de 2012

parte 1. Desasosiego

Nada más despertarme, fui consciente de que aquel sábado no parecía haber amanecido de forma amable. La lluvia repiqueteaba constantemente contra la ventana de mi habitación, y de vez en cuanto, algún que otro resplandor precedido de un ruido atronador, indicaban la presencia de una fuerte tormenta.
Mi mal humor no era causa de aquel clima endemoniado, pues yo, como buena romántica empedernida e incomprensible, adoraba la lluvia. Y los rayos, en vez de asustarme (porque he de alegar que siempre he sido excesivamente mediosa) me producían, paradójicamente, una fuerte sensación de calma.
Tampoco los restos de la fuerte borrachera del pasado viernes, resultado de un cumpleaños sorpresa dirigido a uno de mis grandes amigos, un adorable colombiano amante de los hombres, que derrochaba estilo (mucho más que todo el que pudiera manifestar yo, con mi absoluta feminidad) y risas a cada paso que daba o nada más abrir la boca. Era cierto que la resaca consecuente a aquella pequeña "reunión de amigos" no ayudaba a que me sintiera bien conmigo misma, pero las había soportado peores y no me habían impedido sonreír.
Me levanté, entonces, medio mareada, y me dirigí al cuarto de baño. Aun a pesar de ser una persona que no se considera, ni mucho menos, atractiva, suele gustarme verme representada en un espejo, puesto que en ellos, no solo puedo comprobar si mi estado físico está lo suficientemente decente para no asustar a los niños pequeños que viajan en brazos de sus madres y a los que no puedo evitar mirar de forma cariñosa y nostálgica, sino que también puedo imaginar mi estado de ánimo, mi aspecto en sentido profundo, reconocido como psicológico, escondido tras aquella máscara que, según Platón ( creo recordar, o tal vez me equivoque de filósofo ¿era Platón o Aristóteles?. Se llamaban todos de forma tan extraña que todos me parecían iguales. No por ello me disgustaban, más bien todo lo contrario. Admiraba a todos aquellos que se habían atrevido a pensar detenidamente sobre todas aquellas preguntas que ni la ciencia era capaz de resolver y que no se habían vuelto locos. Al menos, no locos del todo, puesto que divagar sobre esas cuestiones no era, a mi parecer, algo excesivamente cuerdo. Pero a mí, como a todas las consideradas locas o extrañas, me atraía a sobremanera aquella incipiente locura) no era más que la prisión de nuestro verdadero yo, es decir, el alma.
Aquella mañana parecían coincidir aquellos dos factores y el resultado era pura catástrofe: Mi pelo corto y de color rojizo, debido a un tinte que había impregnado mal mi cuero cabelludo (Por ahorrar, una decide hacer las cosas en casa y luego lo paga caro), se encontraba alborotado alrededor de  mi cabeza dándome aspecto, no leonino, sino más bien de pobre desemparada, mis ojos, carentes de brillo y entrecerrados por lo molesta que me resultaba la claridad, estaban rodeados de negro, debido al rimel y lápiz de ojos mal desmaquillados (una servidora, al menos, a las siete de la mañana no se siente con fuerzas de retirar todo rastro de pintura facial antes de caer rendida en la cama). Y lo peor, la herida que sentía dentro de mí, parecía reflejada en cada poro de mi piel, a la cual le faltaba brillo y se encontraba en tal estado de palidez que cualquiera podría haberme confundido, sin estar muy erróneo en sus deducciones, con un zombie agonizante.
Estaba enfadada, claro. Pero sobre todo triste. Y no creo que pueda transmitir el porqué de aquel estado de absoluta depresión juvenil, pero lo intentaré. Digamos que me sentía algo más que incomprendida por el resto del mundo. Cada cosa que hacía estaba mal vista. Porque me gustaba hablar demasiado, recibía malas miradas; por mi. según mi psicóloga infantil, desbordante imaginación, era tachada de absurda niñata estúpida; mi inseguridad demostraba torpeza; mi falta de atención, cansaba a todos aquellos que debían perseguirme cada vez que olvidaba mi cartera nada más levantarme de una mesa. Y lo peor, nadie parecía compartir conmigo mi visión del mundo, aquella en la que todo podría ser feliz si, no solo nos quisiéramos más, sino que supiésemos sonreír y ayudar a cualquiera que en algún momento lo necesitase. Sé que suena absurdo todo esto y que tal vez penséis que realmente todos pensamos lo mismo. Tal vez sí en teoría, pero en la práctica, y siento mucho si os sentís ofendidos, todos piensan primero en encontrar un lugar caliente donde sentar su culo y si bien antes, deben patear alguno que otro, no se lo piensan dos veces.
Estaba triste porque el egocentrismo nos hacía creernos importantes, velar por nuestros intereses (en parte lo entiendo, uno nace y muere siendo uno mismo y debe mirar por su bien. Es lo que nos enseñan ¿no? pero no por ello lo defiendo) y enfadada porque, debido a mi vagueza y a la depresión que conllevaba a llevar un mr hyde oculto en mi interior, del que a veces no podía soportar quejarme y llorar amargamente de forma de la que solo una neurótica, en su soledad, puede llegar a comprender, así como la manía que tenía de rodear todo de un fuerte halo teatral y dramático y mi altísimo tono de voz, que parecían reflejar fuertes ganas de llamar la atención, hacían que pareciese que era yo la que más idolatraba mi ego. Y yo no podía defenderme, porque ¿Cómo quitarle la razón a alguien que da por sentado un hecho que realmente no es con algo que es imposible de explicar? Ni siquiera ahora he sabido hacerlo bien, pero al menos, he conseguido representar un boceto de todo lo que creaba una fuerte tormenta en mi interior, acompasada con la que se había manifestado allá afuera.
Tal vez fue mi estado lo que hizo que, aprovechando que mis padres habían ido a Santiago a visitar a mi estudioso hermano, aprovechase mi extrañamente infrecuente, soledad, para dar un largo paseo bajo aquel temporal. A lo mejor solo fue causa de mi desorientación lo que logró que, tras horas paseando bajo la lluvia y el vendaval, llegase a un barrio que parecía carecer de nombre. Es casi seguro que fueran mis impulsos extraños los que me hicieron llamar a la puerta de una pintoresca casa vieja o mi atracción a lo novelesco lo que me hizo enamorarme de aquella extraña estancia una vez que comprobé cómo el viento me la abría casi sin esfuerzo, invitandome a entrar, casi caballeroso. Pero la cuestión es que, un día en el cual una no se esperaba nada, me encontré frente a frente con el vendedor de historias.
Yo, aún creyendo en coincidencias, prefiero llamarlo casualidad. Pero fuera lo que fuese, aquello cambió mi vida.