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sábado, 31 de diciembre de 2011

FELIZ AÑO!


POR EL MEJOR AÑO QUE HAYAMOS VIVIDO JAMÁS. UN 2012 EN EL QUE ABUNDE LA SALUD, LA DICHA Y LOS BUENOS MOMENTOS. EN EL QUE LOS ABRAZOS CREZCAN FRENTE A LOS INSULTOS, LA VIOLENCIA CAIGA EN DÉFICIT A FAVOR DE LAS SONRISAS.
POR UN AÑO EN EL QUE LA ESCASEZ DE PREOCUPACIONES NOS PERMITAN COMENZAR A MEJORAR EL MUNDO .

lunes, 19 de diciembre de 2011

prométeme

-Prométeme que nunca te irás- le había susurrado, tras acariciar su delicada mano de violinista, y entrelazar los dedos entre los suyos, repletos de música por descubrir y mujeres que desnudar, que sentir, que acariciar.
Caían gotas de agua demasiado imperceptibles para resultar molestas y la hierba, como consecuencia de estas, estaba ligeramente húmeda. Pero ellos yacían sobre ella, observando las estrellas; sus respiraciones, acompasadas, sus pensamientos, perdidos entre la inmensidad de la noche; sus sentimientos confusos. Borrachos de vino y promesas, contemplaban la belleza del mundo mientras el viento acariciaba sus cabellos, y los árboles, en una melodía dedicada solo a ellos.
Él le había sonreído cariñosamente, tras oír aquella súplica salpicada de desesperación. Era una sonrisa triste. De aquellas que solo se reflejan en quienes pisan sobre seguro y saben la verdad de todo. Era una mueca real, de las que hacían caer precipitadamente a todos los que habitaban entre nubes, rodeados de magia e ilusiones infantiles donde la felicidad es lo primero y poco importa la verdad. Ella, que conocía todas y cada una de sus sonrisas, se estremeció y cerró los ojos, intentando concentrarse en el viento, que golpeaba con más brío y sintiendose, por primera vez, entumecida por la lluvia y el frío invernal.
-Pequeña, sabes que no puedo prometerte nada- respondió muy suavemente, como si en vez de hablar estuviera caminando entre delicadas muñecas de porcelana y no quisiera romperlas- somos demasiado jóvenes.  No puedo prometerte aquello que no podré llegar a cumplir. Yo... simplemente no puedo hacerte creer que siempre me quedaré aquí, siempre, a tu lado. Soy... eres...somos...
-Somos muy diferentes- interrumpió ella.-y estamos destinados a no ser más que futuros recuerdos afilados que se clavan en el alma. Por eso no te pido que me quieras-él abrió la boca, buscando algo con lo que poder contestar, argumentar, huir. Pero ella esta vez no se lo permitió-...digo que no busco que me ames. No quiero que seas mío ni yo tampoco pretendo ser tuya. No somos nada de nadie, tú mismo siempre lo has dicho y yo siempre lo he afirmado. Lo único que quiero es que no me dejes nunca entre las tinieblas de este mundo infernal, porque tengo mucho miedo. Solo te pido, yo solo quiero...
Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas y pronto las acompañó con sollozos cada vez más profundos. Siempre que estaba ebria, terminaba llorando. Pasaron unos minutos, hasta que no pudo controlar las lágrimas, hasta que no pudo silenciar los llantos. El la había abrazado, le había tranquilizado entre sus brazos, con silenciosas palabras. Y pronto se quedó dormida.
Pero despertó y no estaba allí. Y todo se encontraba tan oscuro... aún estaba caliente el lugar en donde el había pasado toda la noche acostado. Llovía más fuerte y de repente, no pudo soportar el frío.
Corrió y corrió hasta que no pudo más, luego cayó de rodillas y todo se volvió oscuro.
Despertó bajo sus sábanas, debido a sus propios gritos. Pronto vinieron a socorrerla, a calmarla con palabras que sonaban como fruta confitada.
Antes de volver a caer rendida en su lecho pensó en huir al fin del mundo. Sí, allí le encontraría. Se saludarían todas las mañanas y tal vez alguna noche volverían a contar estrellas. Y se reirían de las estupideces que inventaban sobre ellas cuando nada sabían, salvo que eran hermosas y brillaban tan fuertemente como sus ojos. Él tocaría el violín suavemente y ella escucharía su música. Aplaudiría y bailarían bajo la lluvia tatareando estúpidas canciones pegadizas...

martes, 13 de diciembre de 2011

desvaríos

El tabaco no deja de subir.
Los idiotas no paramos de fumar.
Ha dejado de llover, pero estamos empapados, no sé decir exactamente el por qué, y menos aún cuál es esa sustancia acuosa que me enfría los huesos.
Es una suerte que mi alma haya aprendido a nadar.
Maldito aire frío, me haces ser profundamente superficial. Recuerdas que tengo el pelo corto y te burlas de mí meciéndolo con fingido cariño, suavemente, en un compás que, curiosamente, siempre tiene ritmo.
Qué quieres, me gusta cambiar. Sé que hay niños muriéndose del hambre, pereciendo de tristeza y me preocupo de que mi cabello no me alcanza ni los hombros.
Estoy empapada, impregnada de esa cosa sin nombre porque, pese a haber sido descubierta hace muchos años, todos pretenden hacer que no existe.
Ojalá pudiera secarme con una toalla y salvar el mundo.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Imagino que si los bebés hablasen, pedirían a gritos ser niños.
No es fácil averiguar que los niños buscan ser jóvenes.
Los jóvenes, a su vez, sueñan con ser adultos,
Los adultos anhelan ser jóvenes.
Los ancianos... los ancianos desean fervientemente ser niños.


La primera regla del ser humano es la de vivir en un constante inconformismo.
La segunda, es que, desgraciadamente, no hay más reglas para ser persona.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Éramos jóvenes y creíamos que podíamos comernos el mundo.
Las hormonas que fluían dentro de nosotros, en un proceso semejante al de una bomba de relojería a punto de estallar, repetían continuamente a nuestras mentes "Rebélate, rebélate".
Lo más sencillo era dejarse llevar, y nosotros íbamos a contracorriente.
Pero pronto llegaba el arrepentimiento. Y nos despertábamos, desnudos, en una casa desconocida, con una persona que juraríamos no haber visto jamás y sin rastro de nuestras bonitas bragas.

un cambio de rumbo

Después de todo, el mundo parecía haber esbozado para ella, y  sólo para ella,  una pequeña sonrisa.
Llamadle contagio, ilusión o producto de la sorpresa que le causó aquel inusual cambio de rumbo, pero la joven Melancolía, por primera vez en mucho tiempo, descubrió que ella también sabía ser feliz

lunes, 5 de diciembre de 2011

adiós

No podía dormir. Tampoco debía hacerlo, se dijo. Era momento de desaparecer, pero no sin antes liberar aquello que oprimía su pecho buscando salir desesperadamente, pero que temía revelar a aquel cuyos besos no le estaban permitidos a su pobre alma incongruente.
A su lado, el roncaba suavemente. Incluso al respirar podía sentir el ritmo de su música. Sonrió, nostálgicamente. Iba a echar tanto de menos su perfume... el que aún seguía intensamente prendido sobre su cuerpo, desnudo y sudoroso; brillante y feliz.
-Te quiero-susurró de forma casi inaudible, mientras acariciaba su revoltoso cabello negro-Te quiero como nunca podré hacer con ningún otro- un suspiro.-Más de lo que pensé que podría alcanzar, demasiado por encima de lo que jamás me propuse, y desde luego, peligrosamente alejado de lo que me permití hacerlo, desde aquella primera vez que vislumbré tu sonrisa. ¿Te acuerdas? Éramos dos borrachos extraños en un lugar de mala muerte. Llovía, yo salí a fumarme, sin ganas, el último de mis cigarrillos, lo cual solo era una excusa para alejarme de la incómoda sensación de soledad de entre tanta compañía. Tú te apoyabas en la barandilla al lado de unas escaleras donde se encontraban media docena de mujeres de pelo sedoso y envidiables piernas, embutidas en vestidos que poco lugar dejaban a la imaginación y que suplicaban lujuria.
Recuerdo que quise odiarte. Pensé en bufar, otro liante de faldas, un donjuan cualquiera sediento de placer, de sexo nocturno y despedidas matutinas. En su lugar, surgió un suspiro. Algo tenía tu sonrisa que jamás pude vislumbrar en ningún otro rostro. Era como una luz cegadora en un mundo de tinieblas, al menos eso pensé. Me dolía el corazón solo con verte. Y si te odié, fue por lo mucho que sentí quererte, lo cual era absurdo. Yo nunca quería, y menos a alguien cuya voz nunca había escuchado, del que no sabía de su nombre. Y me odiaba a mí misma por eso. "Maldita idiota" pensé. Me di cuenta de que miraba a aquellas barbies de lujo con cierta envidia, deseando más que ninguna otra cosa ser como ellas. Una belleza sin cerebro, dos pechos y poca profundidad interior. Quería ser perfecta a la vista para que me mirases con el más furioso de los deseos, y no el desperdicio en el que me estaba convirtiendo:
Recuerdo que llevaba un vestido rojo que, de vislumbrar en un maniquí, sería precioso, pero que caía sin gracia, aumentando el contorno de mis caderas y disimulando la estrechez de mi cintura. Mi pelo, corto y de un color muy extraño(resultado de la mezcla de tantos tintes en busca de uno acorde con mi rostro) estaba electrificado debido a las pequeñas gotas de lluvia que se depositaban sobre mi cabeza. Mis medias me caían, y de poco ayudaba el escaso erotismo que poseía al subirlas continuamente y mis zapatos, aquello idiotas y negros zapatos de cordon, alejados de los tacones de infarto de las zorrillas de tus admiradoras, estaban más sucios de lo que cabía esperar en una señorita.
Sin embargo, me miraste. Y sonreíste, si cabe más fuerte, sin un mínimo rastro de sarcasmo; lo cual hizo acelerar a mi pobre corazón.
Poco después me saludaste y yo te respondí con lo único que se me ocurrió hacer en aquellos momentos: salí corriendo. Desgraciadamente, o por suerte, los cordones de mis zapatos se interpusieron en mi camino y caí de bruces. Las jodidas barbies rieron, tú no. Te alejaste de ellas sin despedirte y te acercaste hacia mí. Me sentía magullada de la caída, pero el contacto de tu piel contra la mía me hizo sentirme en el cielo. Me abrazaste fuertemente (te encantan los abrazos) y deseé morir con el contacto de tus brazos y la fragancia de tu perfume, de este suculento perfume, como el último recuerdo de mi vida terrenal, más parecido al contacto de un ángel.
Hablamos el resto de la noche, hasta que llegó la hora de marchar. Por suerte, ser una solitaria entre muchos tiene sus ventajas, pues nadie reparó en mí. Me dolió aquel largo adiós en el que compartimos el primer de nuestros besos, algo que jamás pensé que podría ser mejorado (me equivocaba. Esta noche puedo asegurar que estaba en un error. Que guapo estás bajo la tenue luz de la luna. Tu piel resplandece como una estrella) pero tu me prometiste que nos volverías a ver. Y así hicimos, cada sábado, cada viernes, siempre en horario nocturno.
Hasta hoy.
Es hora de despedirme y siento que lo mejor es que me vaya cuanto antes. No quiero ser un estorbo. ¿Qué soy  yo para tí sino una de tantas? tú para mí lo eres todo. No quiero estar cuando despiertes y busques una excusa válida para echarme de este cuarto. No me sentaré frente al teléfono esperando llamadas que, posiblemente, nunca efectúes. Me marcharé en silencio, y nunca me volverás a ver.
Buenas noches, te quiero. Nunca habrá ningún otro, no sentiré ninguna sonrisa, no oleré otras fragancias. Siempre estarás aquí-llevo la mano hacia su pecho, donde latía velozmente su corazón-y yo nunca volveré a tu vida.
Se vistió como pudo, y, con las medias y la chaqueta en la mano, se deslizó entre las sombras.
Caminó sin rumbo. Un pedazo de su alma quedaba en aquella cama, junto el brillo de sus ojos, en la que pasarían muchas más mujeres e infinitos orgasmos que a ella no correspondían. Él sería feliz, como nunca lo habrían sido juntos. Y ella, por eso, se encontraba en paz.
La calle estaba oscura y lloviznaba. Es una suerte, pensó, no tener a nadie. Así nunca debe dar explicaciones de hacia donde la llevaba su errante destino.

domingo, 4 de diciembre de 2011

socorro

Me siento una fugitiva en una caverna oscura y fría, como el filo de un cuchillo apretando la piel de mi cuello, cortando mi respiración, fuerte y asustada.
Me siento desnuda en aquel lugar inhóspito, a pesar de que me encuentro en mi habitación, normalmente cómoda y confortable, con la luz encendida, la calefacción posiblemente en un alto nivel y con una gruesa bata de flores, oscura y de guiño infantil.
Me encuentro perdida, sin fuerzas, como presa de una enfermedad paralizadora que lentamente me ha consumido y se acerca a su recta final. Los ojos me escuecen de las lágrimas, que no continuarán saliendo, porque se han percatado de que, lejos de ser una tortura, son un alivio a mi agobio inexplicable. A pesar de que prácticamente solo lloro de rabia, creo percibir que esta vez son de soledad. Una soledad inexistente, pues me encuentro rodeada de familia. 
Mi cuerpo es una prisión. Dentro se encuentra mi alma, la única parte verdadera de mi ser. Y hasta ella parece no haber llegado nadie, por eso no escuchan los alaridos que suelto, tan solo perceptibles en la noche, en mis sueños, reflejo de mi gran terror.
Nadie me comprende. Soy una desconocida para muchos, pero también para mí. Del subjetivismo en el que me encuentro no podré escapar jamás.
Mañana, aprovechando mis ahorros del mes, huiré a Barcelona. Una vez allí, recorreré cada rincón de aquella enorme ciudad, hasta llegar a aquel lugar que me espera, paciente, donde ocultarme del resto de la realidad en la que me veo sometida. Todo será mucho más fácil una vez que llegue, tal vez allí me encuentre realmente a mi misma. En el cementerio de los libros olvidados.

sábado, 3 de diciembre de 2011

El violinista sin tejado.

Eran horas de mañana. Llovía de una forma casi imperceptible en la vista, pero cruel en el tacto y en la piel; gotas de agua prácticamente invisibles que se abalanzaban sobre los escasos caminantes de aquella calle cubierta de claridad mas sin atisbo de luz por merced de los nubarrones, que parecían ensalzarse sobre nosotros con fin de prolongar la sensación de noctambulismo callejero.
En la esquina de aquella acera, continuaba el jovial músico que nos elogiaba con su violín, el cual habían tildado una vez de desgastado y pobre pero que a mí, tal vez demasiado ignorante, me parecía una espléndida delicia, haciendo sonar entre sus hábiles y acostumbrados dedos aquel canto eterno que despertaba en mí una muy extraña sensación, como de recobrar vida, cada vez que me aventuraba a pasear a su lado.
No podría decir qué era exactamente lo que tocaba, podría figurar que tal vez era siempre la misma canción, pero no podría afirmarlo con total certeza. Tampoco sería capaz de describir su aspecto, ni sus ropas, ni siquiera su voz, que afloraba con eterna alegría algunos términos de agradecimiento, cada vez que alguien decidía recompensarle con unas monedas. Lo único que sabía era que, en ese momento mismo, yo estaba dispuesta a ganar millones de euros tan solo para poder agradecerle lo que su música, que, sin llegar a escucharla nunca, leía con apetito voraz, hacía a mi vida misma.
Era pura magia, cada nota acompasada que su arco reflejaba en el roce con las cuerdas, era para mí un sentimiento; cada silencio, un tierno roce de labios, y cuando sentía el cresccendo, notaba una declaración de amor intensa entre dos, cualesquiera, que aceleraban el ritmo de mis latidos y aumentaban el sonido de mi respiración.
Si algún día decido llevarme un único recuerdo a mi tumba, estará acompañado de la muy tierna música de aquel hombre sin rostro ni nombre, qué más de escuchar, invitaba a ser leida con el alma.