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martes, 29 de mayo de 2012

sin razón, con corazón. Y nada más que decir.

Si creyera en el destino, tal vez ahora lo trataría de enemigo.
Si pensase que realmente hay una fuerza que decide cómo unirnos, separarnos, que controla nuestros actos, cual divinidades griegas que juegan con un hilo y deciden si cortarlo o continuar extendiendo, con parsimonia, una longitud eterna y que sin embargo, ellos mismos deciden acabar, me encontraría (si acaso) (más) perdida, confusa. Tal vez replantearía lo que para mí ha sido el comienzo de una nueva vida...
Pero no creo en esas cosas. No lo hago porque, aun existiendo, no permitiría que jugasen conmigo. Nunca he sido la muñeca de nadie, y mucho menos, afirmo, de un ente tan divino que no soy capaz de entender con mi mente limitada de ser humano insulso y hormonalmente joven.
Si me ponen problemas, si luchan para que consiga ser, al fin, feliz, pues reiré si cabe aún más fuerte. Porque a mi no me gana nadie, al menos en cuanto a mi ego. Y la única que puede hacerme daño, la única que es capaz de desgarrar mi alma hasta convertirla en un pozo de sangre y residuos espirituales aptos para ser devorados por una multitud de hambrientos gusanos sin piedad ni escrúpulos por su parte, ESA soy yo.

Y yo he decidido ser feliz. Ahora que puedo.

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