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martes, 11 de octubre de 2011

Ni esto es un diario, ni yo soy Bridget Jones.

Y, en la vida real, por desgracia, no hay un "vivieron felices y comieron pájaros exquisitos" (Gracias de parte de todas las perdices cuya vida no ha corrido un ensangrentado final para gusto de unos cuantos nenazas de dibujos animados o maquillaje en los huevos).
Hoy quería admitir (que no lo haya hecho antes no fue por vergüenza ni por regodearme en mi solitario sufrimiento sin sentimientos -además, no tener sentimientos no es motivo de desgracia, depende de como se mire- sino porque nunca me había parado a pensar en esté mínimo detalle, el cual, vaya, cambia bastante mi filosofía de vida, pero en fin...) que estoy, asi como he estado desde hace más de un  par de años y posiblemente estaré (¡Dios, que se acabe pronto! ¡Que aparezca el dios del sexo en cualquier esquina dispuesto a acabar con todos mis pudores y bloqueos mentales, por favor!) profunda y perdidamente.... (dios, cómo cuesta enfrentarse a la verdad, admitir lo que una siente) enamorada.
Sí, a quien le importe lo más mínimo como para haber leído hasta aquí (lo cual considero un mérito: ¡hurra por tí!) tiene todo el derecho del mundo a sorprenderse. Bueno, o a fingir sorpresa. Al fin y al cabo, una persona tan sumamente romántica y asquerosamente melodramática no pudo haber pasado casi diecinueve años de su vida sin haber conocido a un hombre que le hubiera sacado más de un aullido de deseo. O bueno,el sonido o movimiento que en estos casos se realiza.
Quién me conoce más de un mínimo (¿quién que no lo hiciese iba a molestarse en leer esto? No, más bien ¿alguien leerá esto alguna vez? sería una sorpresa) sabe perfectamente de quien estoy hablando. Todo aquel que haya cruzado más de cuatro frases conmigo y no me pareciese un psicópata asesino con el que no te apetece sincerarte abiertamente, conoce su nombre. Su nombre y su estatura. Y...y su pelo, y su piel, y el tamaño de sus manos, la anchura de su espalda, la forma de su sonrisa, cómo adorna su imponente nariz todo su rostro....
Y soy una persona fiel. Es una pena, siempre quise no serlo. No sé... tener a alguien y ser una zorrilla con otros debe dar una gran sensación de poder (futuros novios, no hagais caso de estos comentarios, es para darle dramatismo al asunto. Y a vosotros nuuuunca os pondría los cuernos. Porque os quiero, ¿recordais? deberíais dejar de leer esto.) pero claro, está el asunto de que, para ser una rastrera infiel de categoría has de ser guapa y usar más talla que una noventa y cinco de pecho. Y vaya, algunas no cumplimos esas expectativas.
Lo que decía es que lo quiero. Y no puedo querer a ningún otro, me resulta imposible. He conocido, por casualidad (y vaya casualidad, fue gracioso) al jodido amor platónico de mi vida, y no creo que exista otro hombre en la faz de la tierra que le llegue ni a sus jodidos pies (¡Hombres perfectos para mí, os reto!).
Nah, miento, miento. Hace no mucho conocí a uno con el que tenía un aire. Pero era demasiado bajo. Y su espalda, su espalda era la mitad. Y su nariz era demasiado bonita como para ser graciosa. Aunque es cierto que compartía con mi amado, llamámosle...Mr. Big (haciéndole un guiño amistoso a Carrie y sin pretender quitarle ningún tipo de derecho) el hecho del platonismo que me hacía sentir.
Es odioso no ser perfecta. Y haberme cortado el pelo no ha sido la mejor de mis ideas. Y el haberle conocido... Aghhh, si nunca hubiese aparecido aquel puto hombre en mi mierda de vida podría andar revoloteando de uno a otro, casi siempre platónicamente, sí, pero coño, esque ahora no hay manera.
Quiero decir, eso es lo que tiene el amor, ¿no?
No siempre es correspondido.
También es incondicional y ciego.
Y yo, yo soy gilipollas.
Una gilipollas integral.
Debería callarme ¿Sería de mala educación no despedirse?
bah, qué más da.
Adiós y, por cierto, posible lector con un ánimo incansable que se ha atrevido a leer todo entero y no ha tenido el más mínimo rastro de arcadas, gracias por tu comprensión. O lo que coño pueda decir en estos momentos.
Agh, ya me callo.
Quiero decir, ya dejo de escribir, porque hablar no estoy hablando y...
bueno, adiós.

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